Cinco imágenes del viaje del Papa a Turquía – Encíclica en la Mezquita Azul
escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA
"El, Cristo, es nuestra paz", frase de la carta del apóstol Pablo a los Efesios, ha sido el lema del viaje pastoral del Papa Benedicto XVI a Turquía. Han transcurrido ya varios días desde la finalización de este periplo papal, que tanto interés suscitó en la opinión pública. Tiempo, pues, para el balance y para la valoración. Un balance y una valoración trazados y plasmados en cinco imágenes que hablan por sí solas.
Dos aeropuertos por testigos
Su llegada a Turquía fue sobria. Se palpaba inquietud -tal vez, tensión- y cortés frialdad. Estaba desprovista del ceremonial protocolario de la gran mayoría de los viajes papales y del calor de los fieles, lo cual era lógica: son apenas 32.000 los católicos turcos.
Benedicto XVI llegó al aeropuerto de la capital turca sencillo, humilde, tímido y conciliador. Camina seguro, pero quizás sus pasos dibujan una sombra de incertidumbre. Aceptó la recepción que fue brindada. Se entrevistó durante unos veinte minutos con el primer ministro turco. Este después quiso "ir más lejos" de las palabras del Papa sobre el eventual apoyo de la Iglesia católica a la entrada de Turquía en la UE.
Su despedida en el aeropuerto de Estambul fue mucho más relajada y alegre. El Papa caminaba más firme y decidido. Los rostros de los protagonistas de esta despedida irradiaban satisfacción. Todo había salido bien. Y de los labios de ellos, de los actores de aquella escena -del Papa y de las dos autoridades turcas presentes en el acto: el alcalde de Estambul y el gobernador de la región- pudimos escuchar las valoraciones precisas, que se podían resumir en cinco ideas: todo ha ido bien, muy bien; el Papa apoyo el acercamiento de Turquía a la "comunión" de Europa; Estambul es un ciudad europea; las palabras y los gestos del Papa hacia el Islam han disipado dudas, recelos y malentendidos y han agradado a la población y las autoridades de este país musulmán; y, por ello, por todo ello, la gratitud sincera marcaban los sentimientos y las sensaciones.
En la segunda Tierra Santa
La tercera de estas imágenes fue en Éfeso, en la montaña sagrada donde se asienta, mirando al mar Egeo, la Casa de María. Es la fotografía del recuerdo y de la presencia. Es la fotografía del recuerdo de las tan abundantes e importantes raíces cristianas de esta llamada "segunda Tierra Santa" o "la Tierra Santa de la Iglesia". Y es la presencia, representada en aquellos dos centenares de fieles presentes en la Misa del Papa del miércoles 29 de noviembre, de los 32.000 católicos de Turquía, cuyos derechos al libre ejercicio de la profesión y del ejercicio de su libertad religiosa debe ser respetado y protegido legalmente.
La cuarta de nuestras fotografías es cualquiera de los saludos y de los abrazos entre Benedicto XVI, Obispo de Roma Pastor Supremo de la Iglesia católica, y Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla y cabeza visible de las Iglesias Ortodoxas. Era el encuentro entre los hermanos y apóstoles -doblemente hermanos, pues- Pedro y Andrés, plasmado en las personas de sus actuales sucesores. Ambos representaban a 1.500 millones de personas: 1.100 millones de católicos y casi 400 millones de ortodoxos.
Ambas Iglesias Cristianas llevan mil años divididas. Esta separación, esta división, es un escándalo. Es precisa la unidad -el abrazo, la reconciliación- en fidelidad a la voluntad de Jesucristo y para que el mundo crea.
Como el camino se hace al andar, ¡benditos sean estos encuentros, benditos estos abrazos, benditas sean declaraciones conjuntas como las que firmaron el 30 de noviembre de 2006 Pedro y Andrés!
La "encíclica" del Papa en la mezquita azul
La quinta imagen es la oración íntima y personal del Papa en la mezquita azul de Estambul, en el segundo recinto más sagrado del Islamismo. No era oración litúrgica, revestida de connotaciones externas de la liturgia y de la devoción cristiana. Era oración privada y personal.
Duro un minuto. Un minuto de recogimiento y de meditación. ¡Un minuto que condensa tanto tiempo, tanta espera, tanta siembra! Un minuto para la historia y para la eternidad.
El rostro del Papa reflejaba dulzura, gozo, confianza, acogida y esperanza. Vestía su blanca e inmaculada sotana papal. Tenía las manos cruzadas debajo del pecho; los ojos cerrados; los pies descalzos; la mente serena y luminosa, como siempre; las palabras, entonces silentes, apacibles y verdaderas; y el corazón abierto de par en par.
¿Qué pensaría el Papa? ¿Que musitaría el Papa? ¿Cuál sería su plegaria? A buen seguro que daba gracias a Dios por el decurso de su viaje -el más difícil- a Turquía, puente entre Oriente y Occidente, encrucijada de religiones y de cultura, corazón del Islam. A buen seguro que recordó los días siguientes a su discurso en Ratisbona. Y dio gracias a Dios -al Único Dios verdadero- que, en menos de dos meses, le ha permitido ser instrumento tan eficaz de paz, de diálogo y de reconciliación.
Aquel minuto suyo de recogimiento y de oración mirando a La Meca vale, sí, por todas las polémicas, como las vividas tras su discurso en la Universidad de Ratisbona.
Aquel minuto suyo de plegaria iluminada, junto al Gran Muftí de Estambul, es una encíclica: la encíclica del diálogo interreligioso, del servicio a la paz, la intercolaboración y la convivencia entre culturas y religiones. Es la encíclica de la profesión en el Dios creador del cielo y de la tierra, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso. En el Dios, en suma, que es y es Amor.
Fue, es la encíclica de la existencia de Dios. De la demostración, en soledad sonora, de Dios. De la trascendencia y del valor preeminente de la Religión, fundada siempre en la razón.
Fue, es la encíclica que refuta, sin palabras, pero con la fuerza del testimonio vivo, teorías y prácticas de un mundo sin Dios, de un hombre sin alma, de una vida sin trascendencia.
Fue, es la encíclica sin palabras de un hombre de Dios, de un humilde, perseverante y eficiente trabajador de la viña del Señor, de un cooperador espléndido de la verdad.
Gracias a Jesús de las Heras Muela